Boriqua mami

La mágica isla de Puerto Rico es cuna de una infinidad de personalidades importantes en el mundo de la música de este siglo y el pasado. Larguísima es la cantidad de referentes musicales que, a pesar de no haber nacido en ese punto geográfico, son hijos e hijas, nietos y nietas de puertorriqueños que decidieron o fueron forzados a exiliarse en otras tierras. 

La inyección de frescura, hambre y talento que aportan aquellos artistas, sumado a su legado latino, fueron aquel ingrediente extra y fundamental que aportó a las carreras de figuras que van desde los ritmos autóctonos puertorriqueños, como la salsa y la décima, hasta ritmos que tienen la firme caligrafía de la desembocadura de diversas diásporas que se encontraron en los Estados Unidos. Puerto Rico es, sin lugar a dudas, una influencia elemental para entender el paisaje musical norteamericano.

En el hip hop, la presencia puertorriqueña desde los mismos inicios del protogénero que era esta música en los años ’70 es innegable. Acostumbrados (pero nunca resignados) a ser corridos de la historia oficial, los aportes latinoamericanos en la nutritiva cooperación que existió históricamente entre los afrodescendientes y los latinos para dar luz a diversos de los llamados “elementos” del hip hop recién ahora comienzan a ponerse sobre la mesa. Oportuno, de todas formas, que se haga en un momento en el cual es crucial el cuestionamiento al magnetismo que generan ciertas etiquetas raciales y culturales erradas o reduccionistas que simplifican la vida en el sistema político estadounidense. No sé si hay un ejemplo más claro de lo que sucede en las industrias culturales yanquis que el renacimiento en taquillas del norteamericano West Side Story a partir de su nuevo reboot, un musical con implacable talento y pegadizas canciones que, tanto en su versión original de 1961 como en su película de 2021, persiste en su confusión acerca de las tradiciones, su carencia de latinos en escena y su profundización de insulsos estereotipos. 

Sin embargo, a lo largo de la historia de la música, y particularmente del hip hop, ha habido representantes de distintas disciplinas y círculos que han marcado y representado sin espacio para la tibieza su pertenencia, su cultura, su identidad ante una comunidad que escuchaba y aprendía, a pesar de un país (y un mundo) que decidía ignorar y vendarse los ojos. 

Al pensar en raperos latinos en la escena estadounidense vuelan a la mente Big Pun, Fat Joe, Cypress Hill, y tantos más. Y, para muchos de nosotros, Gloria Rodríguez, también conocida como Hurricane G. 

Abanderada de su ascendencia puertorriqueña, agrietó paso a paso el asfalto de las calles de su Brooklyn natal con una invencible originalidad y una actitud demoledora. Luego de una juventud de explosivo talento que no le alcanzaban espacios para canalizar, se convirtió a los 21 años en la primera integrante femenina de Hit Squad, aquel mítico colectivo de hip hop neoyorquino que vio pasar nombres de la talla de Das EFX, Redman y PMD. Junto a Parrish Smith, a.k.a. PMD, su líder era ni más ni menos que quien sería luego el padre de la hija de Gloria, Erick Sermon, una de las figuras fundamentales para el rap de la Costa Este en sus roles dentro y fuera de la legendaria agrupación EPMD. Este cruce de artistas que entrelazaban relaciones que se movían entre la educación, el cariño, la cooperación y el padrinazgo, se dio en un momento clave para la carrera de todos. También marcó a fuego la vida de muchos de ellos, y marcó un hito de comunión colectiva que todos recuerdan afectuosamente a pesar de su repentina separación, como comentaron alguna vez sus protagonistas a medios como The Source y Albumism

La carrera de Gloria, de todas formas, tomó siempre valientes curvas y avanzó en la construcción de una carrera dejando en claro dos cuestiones muy poderosas. Por un lado, el continuo orgullo y apreciación de sus orígenes y la convicción de que de esos orígenes era desde donde ella estaba interesada en aportar a la música. Sus legendarios rapeos bilingües exhibían un claro dominio del inglés y del español, pero también una decisión indeclinable de hacer honor a ambas tradiciones. Sus excelentes colaboraciones se daban de forma orgánica pero con una potente determinación, moviéndose entre featurings con artistas como KRS-One, Smif-N-Wessun (luego Cocoa Brovaz) y Redman, y también con Luis Miranda y Arianna Puello. Por otra parte, el recorrido y el contenido musical de Hurricane Gloria bañaba la Costa Este con oleadas de talento que la diferenciaban de todo el resto del panorama, y con una inmensidad de cosas para decir que traducía perfectamente al papel y al micrófono. 

Su muy esperado disco debut All Woman (1997, H.O.L.A. Recordings) es una obra de gran jerarquía en el hip hop neoyorquino, y ni que hablar en el llamado “nuyorriqueño”, en donde es emblema y bandera. De la mano de Jellybean Benitez, productor puertorriqueño de gran currículum (Whitney Houston, Donna Summer, Debbie Harry, Afrika Bambaataa, David Bowie, Fleetwood Mac, y una larga relación laboral con Madonna son algunas viñetas que lo componen), nos regalaron un álbum que vivirá eternamente como una mixtura particularmente articulada de influencias y ritmos latinos. Reina en los 17 tracks de All Woman una crudeza que se blande desde lo instrumental pero especialmente desde lo vocal y lo lírico. Rap de contenido pesado que abraza la vulnerabilidad en vez de combatirla, y dos idiomas que se enredan para ser la superficie sobre la que se plasma una feminidad imponente, una fuerza arrasadora que avanza con un flow más fuerte que una locomotora. Algo que a pesar de ser muy imitado no ha sido igualado. 

La carrera musical de Gloria continuó desde aquellos espacios donde nació, desde lo colectivo y lo underground luego de aquella bomba discográfica, y por fuera de contados singles regresó al estudio solo en el año 2013 para colaborar en un autodenominado “spanglish LP” con Thristin Howl III, uno de los fundadores de los míticos e icónicos Lo Lifes. 

Sus aportes al hip hop, además de disruptivos y enriquecedores para nuestro universo musical, son un antecedente fundamental para mucho de lo que escuchamos hoy en día, y también una bandera mestiza clavada con orgullo y amor en el suelo que con tanta hostilidad nos trata. 

Tras su lucha contra una enfermedad terrible, la pérdida de Hurricane G nos golpea en este 2022 que tanto nos está estirando la tolerancia al dolor, alimentando la seguidilla de penosas partidas que nos deja, especialmente en este caso, huérfanos y huérfanas de una figura pionera tan especial que ha inspirado más que muchas primaveras de sonido boricua en la música internacional.